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Trapitos: Trabajar y sobrevivir en la economía informal

  • Foto del escritor: Federica Dech
    Federica Dech
  • 7 nov 2024
  • 4 min de lectura

Actualizado: 10 nov 2024


El trabajo de cuidacoches está marcado por el vértigo. El vértigo por los dueños de autos que vuelven borrachos de los bares y se ponen violentos. Vértigo, cuando tienen que correr detrás de un auto para que no se les escapen $200. Vértigo, porque a la Policía le pueden dar la orden desde el municipio de “levantarlos“ en cualquier momento. Vértigo, porque cuando hay un robo en la zona se los llevan a todos sin distinción. Y de fondo, claro, el vértigo de no lograr juntar el mango para comer. Ese mismo vértigo siente Daniel Castro todos los días. “El Negro“ es trapito y encarna la historia de muchos trabajadores de la calle que subsisten sobre la cuerda floja para no caer en la pobreza.



De camino a casa de Daniel me surgió una pregunta básica: ¿cómo es la casa de un trapito? Fue una epifanía darme cuenta de que los hombres que pasan la noche al lado de los autos no son parte de la calle. A los cuidacoches los obviamos como obviamos a todo lo que habita en los márgenes: permanecen para nosotros como un interrogante sin respuesta, como una pregunta demasiado incómoda de hacer. Como a otros trabajadores de la calle (cartoneros, limpiavidrios o vendedores de medias), nos resulta más fácil negarlos. Incluso tenemos incorporada una muletilla rápida e instantánea al verlos: “no, gracias“.


Un lunes por la mañana Daniel me recibe en su casa, ubicada a la vuelta del Parque de Mayo. Antes que él, me dan la bienvenida sus tres perros y su conejo. Las mascotas eran de su esposa, que amaba los animales y falleció hace unos años. Su hogar es una casa de otras épocas: mantiene la vieja tradición de la radio prendida y la puerta abierta de par en par. Es prestada, me cuenta, pero se la han pedido, por lo que él y su hija deberán buscar otro lugar para vivir pronto. En las paredes tiene fotografías de sus hijos, que tienen nombres huarpes. En su remera se lee “cultura nativa“ y me cuenta que le apasiona la historia de los pueblos originarios, porque la tierra era suya y nosotros la usurpamos. La historia de nuestro pueblo lo atraviesa en otro sentido: fue militante de Quebracho. El Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho fue una organización política que buscó la “liberación nacional“ y reunió ex miembros de las guerrilleras setenteras: Montoneros y ERP.

Después de varios mates me cuenta que es trapito desde los 20 años y empezó en la terminal. A su familia siempre le costó mucho todo y Daniel entendió a corta edad que tenía que ayudar en casa. «Fui a la Terminal, pregunté si podía quedarme a cuidar y me dejaron», cuenta. Lo dejaron, le dieron permiso. Es que la zona de trapitos es un territorio marcado: cada cuadra tiene un nombre, cada señor con chaleco refractario es dueño de 100 metros. Su cuadra, hoy, está en Urquiza y Alberdi, detrás del Auditorio Juan Victoria.


El “Negro“ trabaja los fines de semana, cuando hay eventos culturales en el auditorio o en el parque. Desde las cuatro de la tarde hasta la una de la madrugada, Daniel junta $15.000 (en un buen día de trabajo). Subsiste por el trabajo de cuidacoches y también por changas de albañilería esporádicas. A sus casi 60 años, cuando pregunto sobre la posibilidad de conseguir un empleo formal le suena como un chiste. «Soy grande, soy discapacitado, soy una pérdida para cualquier empresa», me responde con una risa irónica y cansada.


Otro de sus ingresos es una pensión estatal por discapacidad, ya que hace unos años tuvo un accidente que le dejó el 70% de sus piernas incapacitadas.

En la segunda entrevista que le hice recuerdo haber ido hasta su lugar de trabajo y pararme sobre calle Urquiza a intentar divisarlo. Era un domingo a la noche y en la calle oscura alcancé a distinguir el brillo de las muletas serpenteando entre los coches. Daniel surca la calle vigilando que ningún delincuente, de los que a veces pasan y le apuntan con un arma por no “liberar la zona“, le robe la rueda a un auto o rompa un vidrio.


Existe el prejuicio de que los trapitos extorsionan o rompen los autos de quienes se niegan a colaborar. Al respecto, Daniel es contundente: «Si a un coche le pasa algo, el que va preso soy yo. Por eso cuido todos los autos, hasta los de quienes no quieren pagar». También cargan con la posibilidad latente de que den la orden de “levantarlos“ y se queden sin su fuente de trabajo, algo que ocurrió en otras provincias del país. “El Negro“ cuenta que hubo un rumor a comienzos de año de que la Municipalidad de la Capital prohibiría la presencia de trapitos, pero presentaron una nota y lograron que no se concrete.


El Estado es para ellos algo ficcional. «Hacen como si no existieras. Yo mismo he ido a pedir trabajo y nos prometen una bolsa de mercadería que nunca llega. Incluso conozco a funcionarios como a Fabián Aballay, el intendente de Pocito, o al mismo Sergio Uñac del que he sido vecino durante toda mi infancia. Pero nada, no te ayudan», dice.


Ante la falta de respuestas estatales, en abril de este año, en La Plata, surgió la iniciativa de crear un Sindicato de Trabajadores de la Vía Pública que nuclearía a trapitos y limpiavidrios. El proyecto buscó obtener una figura legal que los ampare a la hora de exigir derechos laborales al Ministerio de Trabajo. Pero esa idea quedó en la nada y lejos de San Juan. Por ahora, los cuidacoches continuarán sin un gremio que los contenga y, por ende, las respuestas estatales seguirán siendo nulas.


Los trapitos ya son parte del paisaje diario, como los árboles, como los semáforos, como las estatuas de las plazas. Los obviamos, pero siguen ahí. Al costado de las políticas públicas subsisten trabajadores de la calle como Daniel: sin ingreso fijo, sin respuestas estatales, sin un sueldo digno, sin la posibilidad de un empleo formal. El círculo es vicioso: trabajar, subsistir, trabajar, sobrevivir.

 
 
 

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