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La Esperanza o la gente que no importa

  • Foto del escritor: Gonzalo Paez
    Gonzalo Paez
  • 7 nov 2024
  • 4 min de lectura

Actualizado: 9 nov 2024

En los márgenes de San Juan existen villas y asentamientos donde el acceso a derechos básicos, como la educación, está lleno de obstáculos. Las mismas comunidades tienen que encontrar la manera de solventar las falencias propias de un Estado en retirada. 



Llegar a La Esperanza no es sencillo. Hay que desviarse de la calle Abraham Tapia y adentrarse casi dos kilómetros por un ripio que apenas se puede llamar sendero, cosa que hace que el camión que lleva agua al asentamiento suela quedarse en el barro los días de lluvia; misma lluvia que causa estragos en las casas, arruinando los colchones, los muebles, las estructuras. Irónicamente, ocultas entre los salones de fiestas, las quintas y los countries del Médano, se extienden alrededor de quince casas en fila frente a un baldío lleno de basura. Todavía más irónico es el nombre de aquel asentamiento: La Esperanza.


¿Esperanza de qué? Difícil decirlo. Se siente hasta insultante cuando uno se aleja un poco de la villa y se encuentra con los barrios cercados que tanto le gustan a la clase media aspiracional. El lujo es vulgaridad.

           

Hay que decir que no todo es tan terrible. Desde hace cuatro años, las Brigadas Educativas dedican sus mañanas de sábado a viajar hasta el barrio para dar clases de apoyo escolar a los más de veinte niños y niñas que viven en La Esperanza. Este grupo está nucleado dentro del Frente Patria Grande, pero los integrantes no necesariamente son militantes de ese espacio.


Si bien es difícil que las clases de apoyo solucionen completamente la situación de fondo, el cariño y la alegría que transmiten los pibes del barrio cada sábado dan indicios de un alivio, acaso temporal, de las inundaciones, la violencia, el silencio.


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Maira Peñaloza es una de las vecinas de La Esperanza. Todos los sábados, sin falta, ella presta sus tablones y bancos para que los brigadistas puedan hacer su trabajo en el baldío, bajo un solitario gazebo de cañas que ellos mismos construyeron. Es madre de tres hijos, una recién nacida y dos, Tiziano y Naiara, que asisten a las clases. Ella también prepara el desayuno de todos los niños del barrio.


Hace mucho calor en la cocina de Maira. Afuera corre el zonda, así que las ventanas tienen que mantenerse cerradas para que no entre toda la tierra del baldío. La recién nacida llora de fondo, así que Maira tiene que ir y venir constantemente, en medio de sus quehaceres. Recuerda la primera vez que vinieron los brigadistas a La Esperanza: «Algo había pasado, creo que una lluvia fuerte. Sí, hubo un temporal, nos inundamos. Una mañana llegaron a ver qué necesitábamos, y bueno… Nosotros pensábamos que era mentira, porque siempre viene gente a preguntar si estamos bien y nunca nos dan una respuesta. Pero ellos llegaron y se quedaron».

«Fue como una bendición, porque siempre están con nosotros. Nosotros les decimos qué necesitamos para los chicos y enseguida están ahí, vienen a ver cómo pueden resolver nuestros problemas. Siempre están».

Maira fue la protagonista el 9 de septiembre, cuando las Brigadas Educativas presentaron «Más allá del cerro», un cortometraje realizado en conjunto con el Instituto de Expresión Visual de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan. El filme, que fue proyectado en el Teatro Oscar Kummel, fue totalmente escrito y filmado por los niños y niñas de La Esperanza, con la orientación de los profesores de las brigadas y de la universidad. 




Durante la proyección hubo reacciones contradictorias. Mientras los brigadistas y Maira no podían contener las lágrimas, los protagonistas del corto reían a carcajadas al verse en la pantalla. Martina Rivas, una de las referentes de las brigadas, fue la encargada de dar el discurso de cierre: «Es extraordinario poder documentar la historia colectiva de la población, y me emociona verlos crear su historia y defender su propia voz».


Después, en privado, dice: «La sonrisa de cada uno de esos niños nos señalan el camino por el que queremos ir.  Me emociona verlos felices y ver el legado en el que se convertirá este corto para ellos y para nosotros.»

 

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En la cocina, Maira cuenta que la hace muy feliz colaborar con las brigadas. «A mí siempre me ha gustado trabajar con niños y ayudar a la gente, en general. Yo vengo así desde hace mucho y da la casualidad de que llegaron ellos y quisieron ayudar en el asentamiento».


Asentamiento es una palabra muy diferente a «barrio popular». La Esperanza, en realidad, no forma parte del Registro Nacional de Barrios Populares, que lleva a cabo el tan atacado mediáticamente Fondo de Integración Socio Urbana. Es, en efecto, un asentamiento. Y actualmente enfrenta una amenaza de desalojo: una inmobiliaria busca construir otro barrio privado en el terreno baldío en el que está emplazado.





Mateo Molina, uno de los fundadores de las Brigadas Educativas, explicó la situación una tarde en la unión vecinal: «Había un acuerdo entre las familias del barrio y el dueño de ese terreno, pero ahora los quiere echar. En realidad quiere levantar un paredón sobre la calle, pero así no puede entrar el camión del agua. Los quiere rajar indirectamente».


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El futuro de La Esperanza, barrio popular-asentamiento, es incierto. Las quince familias que habitan allí enfrentan un posible desalojo en pos de otro barrio privado, quinta, salón de fiestas o lo que la inmobiliaria decida que debe existir ahí, donde vive la gente que no importa. 


Las Brigadas Educativas cargan con la responsabilidad de contener y educar —hasta donde pueden— a las infancias del asentamiento. Sirven de analgésico a las falencias de un Estado que debe ser garante de derechos; en este caso, del acceso a la educación.


Andrés Martínez, brigadista, dijo el día de la proyección del cortometraje: «Como nos enseña Paulo Freire, la esperanza es necesaria pero no suficiente. Creemos que sin el respaldo de las instituciones gubernamentales esta lucha no tendría el impacto que amerita».

 


 
 
 

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REVISTA PIRO

SAN JUAN, ARGENTINA

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