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CONVERGENCIA: ESTAMOS HASTA LAS MANOS

  • Foto del escritor: Gonzalo Paez
    Gonzalo Paez
  • 27 sept 2024
  • 3 min de lectura

Actualizado: 9 nov 2024

Muchos nos hemos comido el cuento de que Internet ofrece posibilidades democráticas nunca antes vistas. Lo cierto es que lejos de crear un rol activo, crítico y analítico en los consumidores, lo que generan las nuevas tecnologías es una concentración inaudita y una mercantilización de la información nunca antes vista.


Muchos nos hemos comido el cuento de que Internet ofrece posibilidades democráticas nunca antes vistas. Lo cierto es que pareciera que la democratización se limitó a la mera capacidad de interactuar en línea con otros usuarios y publicar contenido en redes sociales. Más concretamente, en cuatro redes sociales: Facebook, Twitter (inexplicablemente renombrado X), Instagram (que es de Meta al igual que Facebook) y Tik Tok. Todas estas plataformas privadas, a excepción de la última, tienen su sede en Estados Unidos.


Por supuesto, uno como ciudadano de a pie tiene la posibilidad de crear su propio blog. Pero poco se puede hacer ante los grandes grupos multimediales, ya bien asentados en la web, y mucho menos si no nos amoldamos a las ya mencionadas redes sociales para promocionar el blog. Por no mencionar que los soportes físicos para llevar a cabo esto, es decir los teléfonos o las computadoras, también son fabricados por un puñado de corporaciones. 

Más que democratizar, uno se queda con la impresión de que los grandes capitales han encontrado en Internet una nueva y colosal herramienta para consolidar su dominio. 

En este contexto de redes, medios digitales y convergencia (definida por Henry Jenkins como un flujo de contenidos que circula a través de múltiples plataformas mediáticas), cabe preguntarse por el rol de los usuarios. Los consumidores tenemos una participación supuestamente activa, elegimos un tipo de experiencia multiplataforma y realizamos un recorrido sinuoso por los distintos medios. Esta nueva relación con la tecnología y la información podría suponer un rol activo, crítico y analítico. Pero no sucede así.


Las posibilidades de expresión, contrario a los ideales iniciales que pensaban a la tecnología como una vía de democratización, están fuertemente limitadas por las prácticas sociales y culturales que se han desarrollado en torno a la tecnología. Algunas de estas prácticas tienen que ver con un consumo fragmentado, tendencioso e inacabado. 

Nuestro algoritmo nos muestra el mundo tal y como lo pensamos, y limita nuestra capacidad de enfrentarnos a aquello con lo que no estamos de acuerdo. Es necesario pensar cómo esto puede influir, luego, en la democracia moderna. 

Roger Fidler ya advertía sobre el algoritmo, aunque no con este nombre, en Mediamorfosis, publicado en 1998. Este autor tomaba prestado el concepto de “mi diario”, propuesto por el griego Nicholas Negroponte como un periódico totalmente personalizado en base a un perfil de usuario. A Fidler este concepto lo alarmaba porque suponía la fragmentación y desaparición de la opinión pública. 


En este contexto, es clave el rol del periodismo y de las empresas mediáticas. Por ejemplo, Clarín es un medio de comunicación que propone un recorrido a los lectores desde Instagram, Twitter, Facebook a su página web, incorporando distintos lenguajes y creando una experiencia para los usuarios multiplataforma. Pero su contenido no solo es digital, sino que además está presente en los “viejos medios“ como la radio y la televisión. 


Si bien las empresas mediáticas siempre tendieron a la concentración, con la tecnología esto toma escalas inéditas. Las lógicas de producción de los periodistas han sido intensamente marcadas por la inmediatez, las interacciones y las lógicas de consumo de las redes sociales principales, lo que lleva a un deterioro en la calidad informativa y, con ello, un deterioro del debate público. Mientras las empresas mediáticas monopólicas aumentan su concentración diversificando su oferta digital, la información se vuelve mercancía. La audiencia, a partir de allí, se vuelve una masa a la que mantener en línea y entretener. 


Sin dudas, la convergencia mediática altera la relación entre las tecnologías existentes, las industrias, los mercados, los géneros y el público, y la lógica con la que operan las industrias mediáticas y con las que procesan la información y el entretenimiento los consumidores de los medios (Jenkins). Lo que nos toca es pensar nuevas formas de utilizar la tecnología a nuestro favor y de construir, como consumidores, un recorrido más crítico y consciente del contenido por el que recorremos. 


La cultura de la convergencia representa un cambio en nuestros modos de pensar sobre nuestras relaciones con los medios, que estamos efectuando ese cambio en primer lugar, mediante nuestras relaciones con la cultura popular pero que las destrezas que adquirimos mediante el juego pueden tener implicaciones en nuestra manera de aprender, trabajar, participar en el proceso político y conectarnos con otras personas en todo el mundo.



 
 
 

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SAN JUAN, ARGENTINA

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